Es muy común pensar que la conducta de riesgo es consecuencia de otros conflictos subyacentes: depresión, dificultades laborales, problemas económicos o tensiones conyugales y familiares. Desde esta mirada, la conclusión parece lógica: si se logra resolver el problema “a la base”, la conducta de riesgo debería disminuir o desaparecer por sí sola.
Esta forma de entender la situación es comprensible ya que muchas veces calza con la experiencia de las personas. Al mirar la secuencia corta de los hechos, se ve que el marido se pelea con la señora y luego se va a realizar la conducta o se tiene un problema laboral y para relajarse la persona se va a realizar la conducta compulsiva . Sin embargo, cuando vemos la secuencia más larga se hace claro que la mayoría de las veces, la persona tiene conflictos con la señora… por la conducta compulsiva, está teniendo dificultades en el manejo de lo laboral…por la conducta compulsiva, etc.
Es cierto que las conductas de riesgo en algunas ocasiones pueden iniciarse a partir de un contexto de malestar: un episodio depresivo, una crisis laboral, un duelo o una ruptura significativa pueden actuar como disparadores iniciales. Desde ahí, es natural que se asocie la conducta a esos eventos y se piense que orientando los esfuerzos a “arreglar” lo que parece estar en el origen del problema se vaya a avanzar en una mejoría. Sin embargo, normalmente estos intentos son infructuosos, ya que el foco está equivocado.
Cuando la conducta adquiere autonomía
La investigación en salud mental ha mostrado que, con el tiempo, la conducta de riesgo puede adquirir una autonomía propia. Esto significa que deja de depender exclusivamente de las circunstancias que lo originaron y comienza a sostenerse por mecanismos psicológicos, y especialmente biológicos, que operan con relativa independencia del contexto.
En este punto, aunque los conflictos iniciales cambien o mejoren, la conducta puede persistir. Para la persona con el problema, o para su entorno, esto resulta desconcertante: “si ya no está deprimido”, “si ya encontró trabajo”, “si la relación mejoró”, ¿por qué sigue ocurriendo lo mismo? Sigue ocurriendo lo mismo, debido a que esas no eran las verdaderas causas.
Lo que sucede entonces es que la relación causal muchas veces se invierte. Es decir, no es la depresión la que causa la conducta problema, sino que ésta es la que comienza a generar síntomas depresivos; no son los problemas laborales los que explican la conducta problema, sino que ésta empieza a producir inestabilidad laboral; en los conflictos de pareja normalmente, es la conducta compulsiva la que erosiona la relación.
Cuando se intenta ir a las causas «a la base»
Con el paso del tiempo, la conducta compulsiva puede transformarse en un factor central que explica y produce gran parte del malestar que se intenta resolver yendo a las causas “a la base”. Los esfuerzos, entonces, se orientan una y otra vez a apagar incendios secundarios, mientras el foco principal queda desatendido. Los profesionales de la salud mental muchas veces cometen este mismo error, intentando abordajes terapéuticos para solucionar la supuesta causa psicológica o psiquiátrica. En realidad había que partir por abordar la conducta que realmente está causando los problemas.
Cuando la mirada se centra exclusivamente en encontrar la supuesta causa original-psicológica, se produce un proceso de búsqueda interminable. Cada nuevo problema es interpretado como “la razón de fondo” de la conducta, y cada mejora parcial despierta expectativas que luego se frustran, apareciendo la desilusión, la confusión y la sensación de haber fallado nuevamente.
Esta supuesta causa incluso puede convertirse en una buena excusa para no cambiar la conducta problema.
Comprender sin simplificar
Reconocer que la conducta adquiere autonomía —y que muy probablemente es la causa de gran parte del malestar actual no significa negar la existencia de otros problemas, ni reducir la situación a una única explicación. Todas las personas tienen conflictos internos y externos y deben enfrentar dificultades que no siempre se sabe cómo manejar. Es decir, al detener la conducta problema la persona no queda libre de desafíos en su vida, pero sí gana en capacidad para enfrentarlos de mejor manera.
La dificultad de colocar la conducta de riesgo en el centro es que la persona con el problema tendrá que plantearse seriamente la posibilidad de cambiar su conducta, y este es el cambio que inicialmente realmente parece difícil de hacer. Y para la familia lo desafiante de verlo así es que tendrá que enfrentar al familiar con el problema y tener las conversaciones incómodas con él (y otros miembros de la familia) necesarias para poner en marcha un movimiento de cambio. Es natural, entonces, que la idea encontrar la «causa de fondo» sea atractiva.
El aporte de la primera parte del abordaje: 6 semanas
Estas 6 semanas de abordaje inicial ofrecen un espacio para revisar estas creencias y abrir la posibilidad de alternativas para entender lo que está sucediendo que sean más realistas y que inviten a hacer un cambio. No se trata de invalidar la preocupación por los problemas emocionales, laborales o relacionales, sino de reordenar el foco y comprender mejor cómo interactúan con la conducta problemática. Si se entiende de mejor manera lo que ocurre en la «secuencia larga» se podrá tomar mucho mejores decisiones prácticas que apunten a cambiar la conducta de manera significativa como primer objetivo.
Buscar orientación no implica necesariamente tomar decisiones inmediatas ni aplicar medidas específicas. A veces es necesario ir decantando de a poco la situación e ir tomando cada decisión de acuerdo a la etapa de motivación al cambio en la que se está. Esto incluye el que los familiares pueden tener una o varias «consultas previas» con los profesionales, a las cuales acuden sin el familiar que tiene el problema. En esas reuniones se va diseñando una estrategia de abordaje, y los familiares se van convenciendo y alineando con el objetivo de llegar a tener las conversaciones correctas que lleven a motivar al familiar del problema a hacer un cambio.